Reflexiones en la ducha: Cicatrices

cicatriz en árbol

Desnudarse ante el espejo es un ejercicio complicado para muchas. Observas tu cuerpo pero muchas veces te quedas mirando tu alma a través de tus cicatrices.

Uno de los puntos que más atraen mi atención es la cicatriz de mi operación de apendicitis. Fue cuando tenía 7 años y guardo recuerdos muy vívidos de ella.

Pasamos un par de semanas de médico en médico. Yo me retorcía de dolor, todo el mundo decía que parecía apendicitis pero nadie aseguraba el diagnóstico. Así que me mandaban para casa sin más.

Un día, después de pasar la mañana en el hospital haciéndome pruebas, me volvieron a mandar para casa con la misma explicación: “Parece apendicitis pero no podemos confirmarlo”. Esa tarde ingresaba de urgencia en el mismo hospital con peritonitis. El intestino se había perforado y mi vida corría peligro.

Al salir de la operación el médico le dijo a mis padres que sólo quedaba esperar a ver qué pasaba esa noche. Hasta que no fui madre no pude imaginarme lo que tuvieron que sentir entonces: angustia y terror.

Para colmo, el médico les echó la bronca porque no me habían llevado antes. ¡Pero si nos habían “echado” ellos!

Por suerte, me recuperé perfectamente y de todo aquello sólo quedó una potente cicatriz. O eso creía yo.

Debido a las adherencias (el cuerpo se cura como puro pegamento) tengo algunas “secuelas” que me provocan síntomas que hasta hace poco tiempo no sabía relacionar con la cicatriz.

En esa mega-adherencia parece que está afectado parte del intestino, algún nervio que comunica con la cadera, y un ovario. Afortunadamente no afectó a mi capacidad reproductora ya que he tenido tres hijos en tres embarazos normales.

A veces pienso en que debería intentar solucionar esto de las adherencias, al menos de forma externa. Arreglar un poco la pinta que tiene mi tripa.

Luego me echo la charla a mí misma porque esta cicatriz me recuerda que estoy viva, que la vida es muy frágil y que debo vivirla a tope. Y que en definitiva no es tan importante la pinta que tenga mi tripa.

Después siempre recuerdo a mi madre diciéndome de pequeña que cuando me bañase en la playa sólo me metiera “¡hasta la cicatriz!” y eso me hace esbozar una sonrisa.

Ese pensamiento maternal suele llevarme a otro: “Agradece que esta cicatriz no es la de una cesárea”.

Entonces mi mente vuela hasta mis hermanas de maternaje, mis amigas, las mujeres a las que apoyo en sus lactancias, desconocidas que me cuentan sus experiencias porque, aunque yo hablo muchísimo, parece que también sé escuchar. O al menos sé comprender.

Esas cicatrices sí que son importantes, esas mujeres sí que necesitan hacer algo con ellas y no precisamente en su cuerpo. Porque el cuerpo sana mucho más rápido que la mente y ellas llevan esas cicatrices en el cuerpo pero sobre todo en su alma.

Qué duro es el camino de la maternidad y qué durísimo llega a ser en ocasiones

¿Y vosotras cómo sobrelleváis vuestras cicatrices?

IMAGEN: Cicatriz de árbol en forma de corazón vía Shuterstock.com

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